viernes, 19 de enero de 2018

Para El Tintero de oro
Obsesion                    Ana María Caillet Bois


Carlos es un admirador del escritor argentino Laureano Peña,quien esta
 a punto de presentar su nuevo libro en Córdoba.
Aventuras en África, que así se llama la novela, es la tercera
entrega de una saga en la que se describen las andanzas de

un grupo de cazadores de grandes presas.

 Laureano conoce la existencia de este sujeto que lo sigue a todas

 partes, pero aunque la situación  no le gusta nada no logra descubrir su

identidad. 

Le molesta esa sombra que lo acecha y quisiera sacársela de encima 

algo que, sin embargo, parece hallarse fuera de sus posibilidades.

Carlos , por su parte, es cuidadoso en exceso, planifica todo con

mucho tiempo de antelación, no deja nada librado al azar, ha leído todos

 los libros anteriores del escritor hasta aprenderlos de memoria. En este

caso particular, hace más de un mes que ha comprado los pasajes para

 viajar a Córdoba y asistir a la presentación; no ve el momento de tener 

el libro entre sus manos para poder leerlo.

Laureano presiente que hoy lo encontrará y ha preparado

varias alternativas para sacarse de encima a tan molesto admirador.

 Sabe que el libro puede ser el vehículo para terminar con él de una

buena vez.

Cuando arriba a  Pajas Blancas con el libro autografiado Carlos

está feliz. A duras penas domina la ansiedad y no ve el momento de

relajarse en el asiento del avión para comenzar la lectura.

 Llega con el tiempo justo para el embarque y trata por todos los medios 

de evitar que los nervios le jueguen una mala pasada. Es habitual que la

 angustia le produzca espasmos y hasta le levante fiebre.

Por fin, se sienta y comienza a leer. Cuando un rato después de haber 

decolado, la azafata hace su rutinario paseo por el pasillo y le pregunta

 qué desea tomar, el avión atraviesa una zona de turbulencias, se agita 

de un modo tan marcado que muchos pasajeros se asustan. Sin

embargo, Carlos ni se entera; ya va por el tercer capítulo cuando el

 grupo de avezados cazadores, que han penetrado furtivamente en el

 Parque Nacional Masai Mara de Kenia y tratan de eludir a las unidades 

especiales que combaten los depredadores, es atacado por una manada

 de feroces leones.

El avión ha pasado la zona de turbulencias. Las azafatas recorren de

nuevo el pasillo para recoger las bandejas y una de ellas advierte que

 Carlos yace derrengado en el asiento, con los ojos cerrados y el libro a 

punto de caer de las manos, atravesado  por el disparo de Marlon 

  Stevens, uno de los cazadores.

Una mancha roja crece en el pecho del infortunado lector… es posible,

conjeturo, que Laureano Peña se sienta por fin aliviado por haberse

sacado un peso de encima.









martes, 2 de enero de 2018

INFORMACIÓN SOBRE MI COMPARTIR CON GEOGGLE , FACEBOOK Y MI PÁGINA cUCULTURA ANA MARIA CAILLET BOIS

Ana María Caillet Bois

Maestra Normal Naconal, Prefesora de Nivel Inicial. Jubilada como Supervisora deNivel Inicial-
Sus títulos mas importantes: Madre y Abuela.Dos hijos y tres nietos .
Vive en la  ciudad de cordoba
Ganadora del premio Maestra Ejemplar en 1994
Ganadora  del concurso Municipalidad Córdoba en   Poesía y en relato breve en el añom2003
Publicó los libros Café para dos de poesía y Pequeñas historias de  microtelatos..
Miembro del taller literario de la Fundación Pro Arte con quien  publicó 20 antologías
Participa en antologías y revistas cultrales en Argentina,Chile, Perú, España,.
Participa en el diaario La matanza Pcia. de Buenos Aires y en El narratorio de Buenos Aires
Editora de Córdoba breve..
Autora de la página Cultura Ana María Caillet Bois
Autora del blog Cuentos para entretenerse

.

martes, 19 de diciembre de 2017

Saturnina Seco



Saturnina Seco

Mi nombre lo dice todo, me llamo Saturnina Seco y así está mi corazón, seco, incapaz de sentir amor.
Vivo sola, ¿será que la soledad se adueñó de mis sentimientos? Me olvidé de soñar, menudo trabajo me espera si quiero recuperar mis sueños, que tontos mis deseos, ya es tarde para mí.
Se me fue la vida en la manía de la perfección, la casa limpia, la ropa impecable y también impecables mis pensamientos.
Hoy me senté a mirar el afuera, el mundo, la gente que me rodea.
Cuando encuentre mi sombra que quedó prolija y almidonada en el cuarto de planchar lo lograré.


                                                                Ana María Caillet Bois


martes, 28 de noviembre de 2017

la Pau7la comentarios

La Paula - Ana María Caillet Bois


Cuando la Paula se dio cuenta de que le había llegado la hora fue a la iglesia, le pidió perdón a Dios bajo juramento, y  se tiró del campanario.
—¿Adónde irá  ahora la Paula que le vendió el alma al diablo? —dijo la Sara, y agregó—: siempre fue una descarriada.
—Hay que buscar el cuerpo —dijo el cura párroco.
—Yo la vi volar —dijo un niño que estaba en la calle.
—No —dijeron las mujeres que estaban tejiendo acolchados para los pobres—, la Paula  cayó en la arboleda que está detrás de la iglesia.
—Hay q
ue buscarla —hablaron todos a coro..
—Formemos patrullas —dijo don Braulio, el viudo, que recién se enteraba de lo sucedido.
Se formaron las patrullas; el pueblo entero buscó en los techos, la copa de los árboles y todo lugar que pudiesen registrar, pero el cuerpo de la Paula se había esfumado.
La Paula, vivita y coleando, sentada en un cumulonimbus, una nube típica de tormenta, miraba a todo el pueblo que, convulsionado, seguía buscándola.
—Es imposible saltar —pensó la Paula y muy acongojada se preparó para ver su propio velorio.
Don Braulio y las hijas, cansados de buscar y de tanta habladuría, fueron a la funeraria y pusieron punto final al asunto.
—Preparen todo, se vela a cajón cerrado —dijo cortante el marido, tal vez viudo, don Braulio.
La casa velatoria estaba repleta de gente cuando la hija de la Sara comenzó a llorar con tanta angustia que contagió a los presentes, y también a la Paula que desde su nube miraba todo lo que ocurría y nunca pensó que la hija de la Sara la quisiera tanto.
Justo cuando partían para el camposanto se desató una tormenta tremenda, la lluvia levantó un muro transparente a través del cual era como si las personas se disolviesen y un viento arrollador arrastraba todo a su paso. La nube sobre la que estaba la Paula se deshizo en millones de gotas y ella se precipitó desde cinco mil metros de altura, quedando al lado del féretro, esta vez bien muerta.
Enorme fue la sorpresa de los deudos, pero ahora la cosa tenía el color (negro) de los servicios fúnebres que todos conocemos. El cortejo salió de la cochería, y como en el pueblo de la Paula el cementerio queda a pocos metros de cualquier parte, los familiares y vecinos decidieron cargar el ataúd sobre los hombros, bajo la lluvia que arreciaba. Pero lo hicieron con tan poca fortuna que todos empezaron a resbalar y cayeron de bruces sobre el lodo. La confusión y el susto, al verse atrapados por esa masa achocolatada y pegajosa, produjo que varios fueran víctimas de ataques cardíacos. Otras personas, en su afán de socorrer a los caídos, se fueron enterrando más y más en el fango y desaparecieron de la superficie de la tierra. No hubo una sola familia que no experimentara la pérdida de uno, dos o más parientes. ¡Un verdadero cataclismo! Los pocos habitantes que quedaron vivos, al contemplar la magnitud de la catástrofe, no soportaron tanto dolor y se fueron muriendo uno a uno.
Cuando la tormenta pasó, la única persona viva del pueblo era el cura párroco quien, desde el campanario, repetía la historia de la desaparición y caída de la Paula, y narraba entre sollozos la trágica muerte de toda la gente del pueblo. Nadie hubiera creído semejante cuento. Pero por suerte no había nadie escuchándolo.